“Para comprobar que no ha habido progreso basta comparar el bisonte de Altamira con el toro de Picasso. ¿Cuál es mejor?” – Luis Racionero.

Todo empezó cuando un agente de cambio y bolsa, que procedía de Nueva York, hace ya cien años, pensó que, igual que se ganaban millones de dólares comprando y vendiendo acciones de las sociedades que cotizaban en Bolsa, habría la posibilidad de generar un negocio similar con las obras de arte, especialmente con las que se pudieran adquirir baratas y hacerlas subir.

Este agente, Daniel Henry, que no estaba solo, que le acompañaba una compañera llamada Gertrude, tuvo el acierto de considerar la obra de arte (la pintura básicamente) como un objeto de cambio y, por tanto, de compra y venta y, en consecuencia, un producto especulativo, que era de lo que él entendía y lo único que le interesaba, no de arte, por supuesto.

Y así empezó a formarse lo que, décadas más tarde, se llamaría “el mercado del arte”, a imagen y semejanza del “mercado de valores”. Así lo describe Luis Racionero: “Bastante menos romántico que el cordial Vollard fue el bróker Daniel-Henry Kahnweiler, hijo de un agente de cambio y bols

a alemán, con un tio agente de cambio y bolsa en Londres, cual nuevos Rothschild, un hermano en cada capital con dinero. En 1907 dejó de especular en la Bolsa y abrió galería en París. Buscó unas acciones nuevas y que se pudieran hacer subir. Optó por los cubistas, tras probar con los fauves, que debían resultar demasiado informales, poco fiables. Aplicó sus técnicas de jugador de bolsa, hizo contratos con cada artista para que le vendieran a él y sólo a él toda su obra, acaparándola para monopolizarla y regular la oferta”.

Por supuesto, hubo que empezar desde el principio: Buscar artistas poco cotizados, y con ansias de triunfar, que se avinieran a cualquier contrato “buitre”, para luego regular su penetración en el mercado. Y comprar y vender su obra una y otra vez, con habilidad de ave rapaz, para generar un proceso especulativo de dimensiones extraordinarias, y que acabara haciendo que la obra que se le sacó al pintor a precio de calderilla fuese generando  un gran valor.

Este es el hilo argumental de la obra que, bajo el título “Los tiburones del arte”, ha escrito Luis Racionero y ha publicado la editorial Stella Maris. Y, según este autor, el último eslabón de este proceso especulativo, casi cien años después, es otro bróker que se dedica a comprar tiburones, meterlos en formol, venderlos y comprarlos, hasta darles un “valor de mercado” que poco tiene que ver con el “valor de la cosa en sí”.

Así pues, de D.H. Kahnweiler o de Gertrude Stein, hasta Damien Hirst, no hay tanta diferencia. El proceso intelectual es el mismo: No importa el valor “en sí” de la obra, sino el valor que logremos que el mercado le dé. Y el especulador que entra en el mercado del arte y compra, lo hace pensando, no en si le gusta o no el producto, sino en su potencialidad para generar plusvalías. Una vez adquirido, es el momento de conservarlo en la caja fuerte de un banco (¿para qué ponerlo en el cuarto de estar si nadie piensa en disfrutarlo?) hasta que llegue el momento de colocarlo de nuevo en el mercado a un precio muy superior al de adquisición… ¡Vamos, ni más ni menos, en el mismo lugar y de la misma manera que las acciones de cualquier multinacional! Así, “los cuadros se han convertido en lo más parecido a títulos de renta variable: su valor sube o baja no porque la compañía vaya bien o vaya mal sino porque los especuladores en Bolsa deciden comprarlas o venderlas, independientemente de lo que haga la compañía”.

Así razona Luis Racionero cuando habla de que lo que en realidad se ha producido es el encuentro de dos mundos que deberían haber permanecido separados: La especulación financiera y el arte: “Este desastre se veía venir desde que el arte arrojó sus credenciales estéticas y sustituyó criterios por precios, valores por dinero”.

Al final, lo que se ha producido es la definitiva separación entre el concepto de arte como expresión de la sensibilidad del ser humano, o sea, su valor real para el hombre, y su valor real para la sociedad de consumo, o sea, su valor de mercadería. “En vez de criterios estéticos, lo que hay es un entramado de galeristas, exposiciones y museos por medio del cual se otorgan prestigios, se sostienen famas, se fomentan carreras y se alzan precios, sea cual sea lo que se vende: tanto da un urinario al revés como una tela en blanco como una vaca en formol”.

A menudo, un visitante que observa un cuadro que no le dice nada, se excusa murmurando: “Lo siento, es que yo no entiendo…” Porque lo que le han hecho creer que, si no le gusta, es porque no entiende. Como si cualquier artista, al crear, lo hiciera sólo para los entendidos, como si hubiera que entender (¿entender qué?) para entrar en el apasionante universo del arte.

El arte, desde siempre, habla a la sensibilidad del ser humano, es su lenguaje más universal, y es ésa su única justificación. Y por ello, es la misma humanidad en sí misma la clave para entender el lenguaje artístico. No hay que haber cursado estudios especiales, simplemente hay que tener sensibilidad (término éste que ni se enseña en las escuelas ni se aprende yendo a la universidad) para poder ser receptor del mensaje artístico. Al no haber cursos de sensibilidad, ésta hace sólo que los humanos seamos humanos. Y el arte se dirige a esa esencia, ese núcleo duro del concepto de “lo humano”, para convertirse en el lenguaje de la humanidad. Así, el arte habla de nosotros mismos, de todos los humanos, y se convierte en nuestra más íntima necesidad expresiva. El problema, para Racionero, es que “en adelante, el mercado sustituirá al canon como juicio de valor estético. Ya no hay que cumplir más reglas al crear, sólo hay que alcanzar unos precios al vender”.

Es éste, por otra parte, el recurso habitual para justificarse del crítico de arte o del gestor cultural, el atribuirse unas cotas de conocimiento, unos estudios, unas experiencias y contactos, que le hacen superior al resto de los humanos. El “comisario” o el “delegado de departamento” o el “director de museo” aparecen rodeados de una vanidad que los hacen inasequible al resto de los mortales, los cuales en realidad sólo pretendían disfrutar de una exposición, sin más complicaciones. Y entonces es cuando Racionero entra magistralmente a saco: “Hoy dia, debido a la ruptura del canon cultural, los críticos se han quedado sin criterios y los verdaderos artistas son eclipsados por una nube de neuróticos que exponen y expresan sus incoherentes personalidades: lo cual, aunque útil para ellos, que de esa forma se subliman, es desconcertante y perjudicial para el espectador, a quien tales obras no producen energía emocional sino sensación de vacío y, lo que es peor, le hacen creer que no está a la altura necesaria para comprender la “obra de arte”.

Racionero acaba abriendo la puerta a otro tema que merecerá un debate posterior, y éste es el fin de la “modernidad”: “Estamos aún en ella, como en tierra o, más bien, tiempo de nadie, en espera de que se confirme un nuevo propósito y con él un nuevo estilo”.

José Manuel Infiesta.

Anuncios

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. No puedes comparar un acto simbólico ritual en un probable lugar sagrado de iniciación, con un objeto lúdico cuyo contexto es una sociedad de consumo. Si comparas ese bizonte con las mejores obras del MEAM, éstas muestran mejor capacidad de representación de la figura (aunque muchas, gracias a fotos y proyectores), pero mucho menos significado y complejidad de la experiencia simbólica como unidad total y trascendente (conjuro, canto, música, danza, pintura: todo en un sólo acto). El hecho mismo de hablar actualmente de “arte”, demuestra cómo hemos fragmentado y aislado dicha experiencia. En suma, toda la humanidad ha perdido mucho.

    Me gusta

  2. Rafael mazzini dice:

    El arte viene del eter. Los artistas lo captan y nos lo hacen ver y/o sentir con diferentes técnicas visuales o auditivas.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s