Julià Mateu: la mirada penetrante

el

por José Manuel Infiesta

Escribo este texto, no exento de emoción, un 5 de agosto de 2017, el mismo día que se inaugura en un pueblecito del Pirineo, Ribas de Fresser, una exposición retrospectiva sobre la obra de un artista no muy conocido, pero al que me ha unido durante toda mi vida una  profunda amistad y una sincera amistad. Me refiero a Julià Mateu.

Y la emoción nace de que me entero ahora de la muerte de mi amigo, acaecida en septiembre del año pasado, tras luchar valerosamente con un cáncer imparable. Muerte discreta, como discreta e intensa fue su vida. Muerte de un amigo, que me deja un poco más solo y un poco más añorante.

Constato el hecho de que, con la salvedad de Luisa Granero (escultora fallecida en 2012), Julià Mateu ostenta el dudoso privilegio de ser el primer pintor representado en el MEAM, o de los que entre nosotros calificamos genéricamente como “artistas del MEAM”, que nos deja, que se va, que no pintará más. Fue posiblemente el primero al que yo conocí personalmente, allá por los años 80, y el primero que me deja solo. Me unió con él una larga y fructífera amistad. Era imposible no ser amigo de aquella mente sencilla y a la vez tremendamente ilustrada, conversador infatigable, compañero de tertulias en Sant Martí d’Empúries, amable y a la vez con un poderoso carácter, amigo de sus amigos (que le pregunten sino a Luis Racionero), dibujante infatigable y reacio a figurar en cualquier lugar público.

Con Julià puedo decir que compartí mis primeras inquietudes artísticas, a mis treinta años; a Julià le pedí que me diseñase un ExLibris para colocar en todos los volúmenes de mi enorme biblioteca y, de hecho, ése fue luego el origen del escudo de la Fundación de las Artes que, desde ahora, será siempre un homenaje a él.

Logo
El logo de la “Fundació de les Arts i els Artistes” fue diseñado por Julià Mateu inicialmente como ExLibris, en los años 80.

Julià Mateu había nacido en 1941 en Ribes de Fresser, en el Pirineo catalán. Obtuvo una beca para ir a la Casa de Campo de Madrid en 1958, y en 1960 se trasladó a Barcelona, donde  hizo su primera individual en 1965. Entre 1968 y 1971 dirigió la “Sala d’Art Modern”, un sindicato independiente de artistas de la Ciudad Condal. Tuvo éxito en Alemania y en diversas ciudades europeas, pero no quiso saber nada de iniciar una carrera internacional, y pronto se refugió en el pueblo de Sant Martí d’Empúries, en plena Costa Brava, donde desarrolló el grueso de su obra y a donde tenía que ir quien quisiera conocerle, a él y  su obra.

Julià_Mateu_-_Gaviotas
“Gaviotas” (1986), en plumilla y acuarela sobre papel. En esta obra, Julià retrata la ferocidad de las gaviotas que se lanzan hambrientas sobre los desechos de los contenedores, en medio del viento fuerte del Empordà, y resultan ser animales verdaderamente feroces, incluso peligrosos para el propio ser humano.

La gran preocupación de Julià fue la pintura de la atmósfera, del aire, del viento, de los elementos líquidos y gaseosos que conforman el aire en el que nos movemos. Y a fe que lo logró. Julià Mateu es el pintor del Viento. Toda su obra refleja esa inquietud por mostrar justamente lo que no se ve, por representar el detalle invisible. Es un ansia por enseñarnos las atmósferas que existen entre un ser humano y otro ser humano, o entre una planta y otra planta, o entre una naturaleza muerta y otra naturaleza muerta, es el deseo de lograr explicar de manera plástica el viento que azota los campos, las ondas que recorren el espacio,  las emociones que se cruzan los amantes con una mirada o con un suspiro, los sonidos de la música, el ruido de la naturaleza. En resumen, Julià Mateu está empeñado en pintar y hacer visible lo que es invisible, lo que nuestros ojos no ven ni pueden ver, pero que percibimos realmente con una sensibilidad exquisita que nos hace sentirlo como más vivo que incluso lo que se ve.

Julià_Mateu_-_Wagner
“Wagner” (1987), Dibujo a lápiz. Fue un encargo directo que yo le hice, y elaboró este retrato del compositor, en el que también aparece Cósima y diversas ilustraciones de sus dramas. El dibujante retrata las ondas que se crean en el aire cuando las melodías de la música se apoderan de ellas. Más tarde, hizo también el retrato de Mozart y el de Salvador Dalí (Y no sé si consiguió acabar el de Nietzsche).

La sensibilidad de Julià Mateu era extraordinaria. Era un ser vivo siempre inquiero por apurar sus propias sensaciones, por perderse en sus divagaciones, por pintar la sensación de la caricia del viento en su piel, era un alma rica inmersa en un temblor permanentemente obsesionada por pintar la emoción que le unía al resto de seres humanos con los que compartía su vida… Julià Mateu es el artista que pinta lo que no se ve,  el que dibuja lo que intuimos pero que no tiene forma. ¡Y él encuentra esa forma y se la da!  Julià Mateu fue un gran amigo, un compañero intachable, un artistazo de pies a cabeza, un hombre al que siempre admiré y admiraré y con el que me sentí orgulloso de compartir momentos únicos de nuestras vidas.

Julià_Mateu_-_Tríptico
“Tríptico de Amantes” (1988), Grafito sobre papel.  El argumento es plasmar en papel cómo las ondas del aire transmiten las emociones, las sensaciones, los sentimientos, las lágrimas y los líquidos entre dos amantes en su más íntimo momento de amor. Para mí, una obra tan sencilla como genial.

Maestro del grabado, realizaba él mismo los bocetos, los dibujos, y luego grababa él mismo las planchas, con un orgullo de lograr la obra bien hecha que hacía que todos admirásemos su vanidad  de autor intachable. Su pasión por los famosos “Angeles cuánticos” resultaba realmente contagiosa.

Julià_Mateu_-_L_Esperit_de_Pelops_a_la_Mediterrània
“L’Esperit de Pelops a la mediterrània” (1988): Un ejemplo del dominio que Julià tenía de la técnica del grabado, que desarrollaba en grandes tamaños y con una maestría exquisita. Retrata la atmósfera y el aire en su querido pueblo ampurdanés: Sant Martí d’Empúries.

En su dia, él mismo citaba a Samuel Beckett con aquella frase: “Ser artista es atreverse a fracasar definitivamente porque bordea los límites dela conducta socialmente admitida”. Julià Mateu fue el eterno solitario, el lobo estepario, el hombre genial entregado a su propia insaciable creatividad, el amigo noble que te recibía siempre en su caverna con tal de que luego le dejaras volver solo a ella. Julià Mateu fue el eterno fracasado porque jamás llegó a tentarle el éxito. Julià Mateu fue siempre él mismo, a mí me enseñó mucho, compartí con él inquietudes literarias y musicales, nos hermanamos en la pasión por el arte y por la vida, fue incluso protagonista de uno de mis cuentos breves más sentidos… y fue, ante todo, un eterno compañero en este camino que es la vida…  Y, aunque ya no esté, le sigo amando como le he amado siempre desde que le conocí. Porque, para los que seguimos caminando, no hay mejor amigo que el que ha sabido compartir un trecho de este camino contigo, en igualdad de condiciones… y yo, qué queréis que os diga, aún le veo caminando a mi lado…

 

José Manuel Infiesta.

Director Museu Europeu d’Art Modern

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