Mi bandera

Pocas veces en mi ya larga vida habré asistido a una fiebre como la que ahora recorre las calles de mi ciudad y de mi país, fiebre que mueve a cada uno de mis conciudadanos a salir a gritar, enseñando una bandera (“su” bandera) a los demás.

Y por eso, a mí también me entran ganas de enarbolar mi bandera, aunque sólo sea por un motivo de satisfacción personal.

Y así ha sido como yo también he salido a la calle, y he visto con sorpresa mi Bandera colgada en los balcones de muchos de los edificios de mi barrio. Y he podido comprobar que, con diferencia, es la que más prolifera frente a todas las otras, la mía, y la de muchos.

Por eso me decido ahora a presentaros mi Bandera: Mi Bandera no es uniforme, puedes verla en tamaños diversos, suele ser blanca, aunque no necesariamente, ya que también puede tener rayas, y cuadrados , e incluso dibujos. Mi Bandera puede servir para limpiar los cacharros de la cocina, y entonces suele ser de reducidas dimensiones. Puede servir también para cubrir la mesa del comedor, y entonces es ya mayor y a menudo con cuadrados de colores. Y puede servir para cubrir el colchón,  y que rodee nuestro cuerpo mientras dormimos, y entonces es ya de grandes dimensiones… Mi bandera está en todos los balcones, y la usa el pueblo llano, y la usa el burgués y la usa el millonario… y con ella todos se lavan, se acarician la boca, se secan el cuerpo, y se envuelven y sobre ella duermen… Mi Bandera es tan real como la vida misma, y forma parte de nuestras existencias más que ninguna otra, porque sin mi Bandera no se puede vivir, mientras que sin las otras sí se vive.

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Mi Bandera es mi pueblo, y mi pueblo la usa cada día, en cada momento, para su vida más cotidiana…  Mi Bandera las sustituye a todas, porque buena gente hay bajo todas las banderas, y también ladrones y estafadores se esconden bajo todas las banderas… Pero al menos la mía está en cada casa, y el pueblo llano la usa igual que el adinerado, porque no sabe de diferencias de casta, sino sólo de humanidad… Y mi Bandera la encuentro en los balcones de mi barrio, en Barcelona, en el Born, alrededor del Museo al que cada día acudo, pero es que me la encuentro también en Zaragoza, y en Madrid, y en Sevilla, y hasta en el pueblo cuando voy de vacaciones… Porque mi Bandera no sabe de fronteras, ni responde a bandos, ni a partidos, ni a nombres de políticos, ni a grupos de presión, ni a fanáticos que sólo gritan sus eslogan y condenan o se ríen de los eslogan de los otros, sin siquiera escucharlos y menos analizarlos… Porque mi Bandera es la más antigua, y ya existía hace muchos cientos de años, y ya ondeaba cada día al viento, en cada pueblo y en cada rincón del Medioevo, y daba gusto verla secándose a los rayos del sol, colgada en cualquier tendedero, en cualquier casa de cualquier paisaje de mi tierra, y en la casa del campesino como en el castillo del señor.

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Nada más lejos del dogmatismo que mi Bandera. Porque me molesta la manipulación que los políticos hacen de las ilusiones del pueblo, me molesta la indiferencia con que lo sacan a la calle y lo lanzan para que ingenuamente defienda sus privilegios, enarbolando una bandera de colores chillones. Me molesta la indiferencia ante la frustración que luego generarán en el ánimo de tantos cuando la realidad vuelva a colocar a la ficción en su lugar. Como me molesta la sangre fría con que los otros hacen oídos sordos del clamor de ese pueblo, enarbolando otra bandera, de colores igualmente chillones… Y me molesta que, al final, ese pueblo va de aquí para allá, inconsciente de la manipulación de que es objeto, mientras las partes entran en guerras de estadísticas, interpretándolas a su antojo, y usándolas como arma arrojadiza a la cara de los otros.

Toda mi vida he luchado contra la manipulación, del arte en mi caso, pero la manipulación es siempre la misma. La tergiversación de los hechos es tan antigua como la humanidad misma. Y siempre se repite: Es el poder, el que detenta el poder, el que manipula las mentes y saca rentabilidad de ello. Y el poder existe en todas partes, y es el mismo en los países pequeños que en los grandes, y su soberbia es la misma en mi tierra que en la tierra de mis vecinos… Y, al final, son siempre las oligarquías las que salen ganando, y el pueblo el que acaba volviendo a sus casas, con la frustración de no haber conseguido nada para sí, salvo acabar pagando más impuestos y haber incrementado el poder para los poderosos.

Nos cuentan que ahora es el momento de salir a la calle, a defender unas ideas que repentinamente nos han dictado como indiscutibles… y cada uno tiene, ahora, la santa obligación de comprarse una bandera (normalmente por menos de dos euros y a un inmigrante que está haciendo su agosto particular), y salir a jalear y gritar, envuelto en ella… y uno se pregunta: ¿por qué ahora? ¿por qué no saliste hace cinco años, o diez años, o veinte años? La respuesta es simple: Porque es ahora cuando te sacan a la calle, cuando te dicen que “ahora toca”, porque es ahora cuando al gran manipulador le interesa, cuando él está preparado para sacar provecho de tu ingenuidad… Porque es ahora cuando a él le sirve conducirla y gestionarla… cuando, con tu gesto inocente e ingenuo, él puede aumentar su posición de poder frente a su enemigo.

Y, ya para acabar, cuando haya pasado el tiempo, cuando esta situación se reconduzca y de nuevo el fervor patriótico de unos y de otros languidezca, te darás cuenta de que tu actitud sólo sirvió para mayor honra de tus dirigentes, y que unos y otros pretenderán ponerse la medalla del éxito que (según ellos) tú les habrás concedido. Porque cada uno defenderá que habló en nombre del Pueblo, esa vaguedad que todo lo justifica. Y tal vez entonces aún te quede claridad para preguntarte dónde quedó el orgullo del hombre y de la mujer libres, el hombre y la mujer con criterios propios, el librepensador de pleno derecho, el que no puede renunciar a marcar él mismo los tiempos en su propia vida y en sus actos sin esperar a que otros se los marquen, el que ha sabido crecer en la independencia y ha hecho de ella su valor más preciado, el que cuida y alimenta sus propios criterios, el que no espera consignas ni acepta órdenes o chantajes para salir a la calle, el que vive al margen de la tiranía del poder sabiendo que, al menos en su pequeño espacio, en el ámbito de su casa, de su familia o de su entorno, crece “su” libertad.

 

José Manuel Infiesta.

 

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