¡Cien años de la muerte de Julio Antonio!

Así, con exclamaciones, porque muy pocos conocen ya, o recuerdan, al que fue sin duda uno de los más grandes escultores españoles del siglo XX, muerto a la temprana edad de treinta años, y cuya vida fue toda ella una historia apasionante.

Tarragonés dedicado a conocer toda España, asiduo a las tertulias de los mejores autores castellanos, hombre volcado en su arte, Julio Antonio pretendió crear una obra ambiciosa, en la que los “Bustos de la Raza” constituyen si duda su parte más realista.

Lamentando el olvido al que las autoridades de un país que se dice culto le han condenado, desde el MEAM no podemos sino recordar su vida y su obra. Cuatro de sus obras integran nuestra colección de escultura del siglo XX, y bien sabe Dios que nos hubiera encantado organizar la gran exposición de su obra, pero motivos ajenos a nuestra voluntad y a nuestros esfuerzos nos lo han impedido.

Recordemos al menos la obra de un escultor al que el propio Blay reconoció que ya no tenía nada que enseñar.

Obras del fondo propio de la Fundación de las Artes y los Artistas.


Julio Antonio Rodríguez i Hernández (Parte I)

Los primeros años

Julio Antonio es un caso indiscutible de vocación asumida. Julio Antonio nació escultor. Lo llevaba en la sangre. En ningún momento de su corta vida vaciló sobre aquello que quería hacer. Siempre tuvo los esquemas mentales muy claros. Vivió la vida tan plenamente como supo y como pudo y se dedicó al arte con toda su energía. Cuando le llegó el final, también lo asumió plenamente, absolutamente, y siempre, siempre, el arte -y la escultura- envolvió su vida y le dio sentido. Fue fiel a sí mismo hasta el último momento.

En muchos casos, la apariencia novelesca de esta vida, los rumores sobres sus excesos, la exaltación de su ánimo, la desmedida de sus proyectos monumentales y la grandilocuencia de su muerte en olor de multitud y plena juventud, todo junto ha favorecido la creación de una extraña aureola mítica que, aunque al principio pueda llamar la atención sobre el personaje, a la larga cansa y lo trivializa. Intentamos aquí, en este estudio biográfico, poner las cosas en su sitio.

Julio Antonio nació el 6 de febrero de 1889, a las dos de la tarde en Móra de l’Ebre, en tierras tarraconenses. Fue bautizado con el nombre de Antoni y Juli y con estos mismos nombres, en castellano, fue reconocido por siempre. La partida de nacimiento resulta curiosa, porque Antonia Costa Rovira, la abuela materna del niño, que fue la que lo inscribió, declara que el infante era un hijo legítimo del declarante y de Llúcia Hernández Costa, de manera que la abuela sería también su padre. El error es corregido por el juez municipal con una nota a pie de página.

Julio Antonio, 1893, cuatro años.
Julio Antonio, 1893. Cuatro años.

Sus padres eran realmente Aquilino Rodríguez García, natural de León, alférez de infantería (y no Guardia Civil ni capataz de mina, como pretenden algunos autores tan destacados como Gregorio Marañón y Gaya Nuño) y Llúcia Hernández Costa, de familia de Móra de l’Ebre desde hacía varias generaciones, y en consecuencias, de raíces catalanas. El matrimonio de sus padres fue el 12 de noviembre de 1881.

La relación con la familia fue importante en la vida de Julio Antonio, importante quizás por el hecho que el artista solo tuvo juventud y muy especialmente la relación con la rama femenina de la familia: la madre, con quien mantuvo una intensa relación afectiva (lo acompaño en muchos viajes y estuvo con él en la hora de su muerte), y sus dos únicas hermanas, Pepita y Erènnia.

El padre se dedicaba intensamente a la vida militar por vocación, y le hubiera gustado mucho que su hijo también lo hubiera sentido así, pero Julio Antonio, desde bien joven también estuvo muy seguro de su vocación, y supo vencer la insistencia e incluso todas las presiones de su padre.

El informe completo de la carrera militar de su padre, facilitado por el “Archivo General Militar” de Segovia, contiene todos los datos y traslados de este militar: soldado desde 1873; caporal desde 1874; sargento de 1875; alférez desde 1886 y teniente desde 1895. Viajaba constantemente: Mora del Ebro, Tortosa, Tarragona, Valencia, etc.

Familia de Julio Antonio, 1896.
Familia de Julio Antonio, 1896.

Artur Bladé i Desumbila recuerda un hecho significativo del carácter de aquel infante: “cuando Julio Antonio tenía cinco o seis años, una mañana de invierno, al levantarse, vio por primera vez la calle nevada y tal como iba, es un decir, descalzo y medio desnudo, salió de casa sin decir nada y comenzó a correr y a jugar con la nueva, exaltado; hasta que su madre fue a buscarlo. Un rasgo de naturaleza -la exaltación- constante en una vida breve que quemó intensamente”.

Cuando Julio Antonio tenía ocho años, su padre fue destinado a Cuba con su regimiento. Entonces la familia, siempre dirigida y encabezada por la madre, quedó bajo la protección del tío Ricardo Díaz Rodríguez, hombre respetable en la época con cargos importantes como Responsable de Administración Civil o interventor de Hacienda y que parece ser que llegó a ser Gobernador de Tarragona.

No son ciertos, los rumores novelescos de una infancia de miseria, ni las leyendas de un niño corriendo por la calle sin nada para comer. La infancia de Julio Antonio fue normal (“un niño vivaracho y alegre”, en palabras de Juan de la Encina), y la tutela del tío Ricardo resultó, que nosotros sepamos, irreprochable, no solamente en la vida familiar, sino después, durante los años de bohemia de Julio Antonio en Madrid, durante los cuales contó siempre con el interés y el apoyo de su madre -muy especialmente- y de su tío.

Julio Antonio, 1900
Julio Antonio, hacia 1900.

Algunas fotos de los once a los quince años lo muestran bien vestido, con elegancia, y es que solo cuando comienza la voluntaria bohemia madrileña es cuando aparece vestido con ropa típica de los artistas de su tiempo. Pero incluso de esta bohemia escribe su amigo Jacint Mª Mustieles: “Ahora podemos decir (en contra del ridículo sentimentalismo derramado por muchos escritores que han hablado de Julio Antonio) que el vivió como quiso”. Nada más lejos de la verdad que estas fantasías del hambre que sufrió, las dificultades que encontró, los obstáculos que le impedían hacerse camino. Julio Antonio consiguió lo que quiso. Trabajaba cuando quería; vagueaba cuando quería; aceptaba el plan que quería; rechazaba el que no quería. Julio Antonio se marcó un camino y lo siguió.

También sabemos quiénes fueron los primeros maestros del niño: en Móra, Lluís Viñas Viñals, y en Tarragona, donde fue poco después (1896), el escultor Bernat Verderol i Roig y Marià Pedrol. Es evidente que Julio Antonio sintió la vocación artística desde la infancia, y que la madre lo apoyaba sin vacilaciones, ya que en Tarragona lo vemos asistiendo a las clases del Ateneo Tarraconense para la Clase Obrera, donde Marià Pedrol daba clases de dibujo y con el cual el alumno hizo su primer esbozo, un busto de Cervantes hecho en barro corriente de la calle y que se agrietó al querer cocerlo él mismo.

Rafael Santos Torroella -el único investigador que se tomó enserio la búsqueda de datos para una biografía de Julio Antonio–, se aventura en la hipótesis que el padre volvió herido o inválido de la guerra, basándose en el hecho que más adelante el escultor enviase dinero a la familia -instalada en Valencia- , sus primeros ingresos ganados con sus obras. Sin embargo, esta hipótesis es falsa según se puede ver en el ya mencionado “Archivo General Militar”: El 23 de febrero de 1897 embarcó hacia Cuba en el vapor “San Fernando”. Estuvo en La Habana hasta el 20 de octubre de 1898, y volvió a la península a bordo del “Puerto Rico”; en 1899 recibió la Cruz de 1ª clase del Mérito Militar con distintivo rojo “en recompensa por sus servicios y operaciones en la zona exterior de La Habana durante el bloqueo de la escuadra americana hasta finales de agosto de 1898”. Después el padre continuó en la reserva de Tarragona hasta que en 1904 se le concedió el retiro “porque había cumplido la edad reglamentaria”.

Sin que sepamos la fecha exacta del traslado ni el motivo concreto, más adelante, nos encontramos a Julio Antonio en Barcelona, trabajando en el taller del imaginario Félix Ferrer, a quien debía conocer de Móra de l’Ebre, y de otros talleres de decoración artística como el de Pocurull.

Sí que sabemos, que en 1905 se traslada a Murcia, donde realiza un bajo relieve con la efigie de Juan de la Cierva, y su primer grupo escultórico (Flores Malsanas). Su carácter apasionado ya se muestra en un deseo de participar en actividades diversas. Llega incluso a presentarse (y ganar) en un concursos de carrozas y carteles, diseñando una carroza que representaba la noche, de siete metros de altura.

Por razones desconocidas, la familia, o una parte –quizás el padre—se instaló en Valencia. Esto se sabe ya que Julio Antonio iba a visitarla algunas veces a esta ciudad. Jacint Mª Mustieles, un amigo de la familia, lo recuerda así: “En Valencia, Julio Antonio, un chico enfermo, venía a quedarse una breve estancia con su familia. La familia de Julio Antonio se nos dio a conocer, su madre, tan afable, captivada por ver cómo abríamos los brazos a la amistad del hijo que volvía; su hermana (mujer de espléndida figura, absolutamente catalana), y su tío, aquel distinguido señor de gesto caballeroso, alto funcionario de Hacienda, tan agradable causeur… y Julio Antonio se convirtió en el nuevo amigo que pensaba como nosotros; que con nosotros razonaba en catalán, enamorado de Cataluña y de las cosas de Cataluña; que sin cuidado de su enfermedad levantaba los músculos con movimientos que nos decían Dios hará lo que quiera, satisfaciendo lo que su temperamento le exigía…”.

Va y viene de Barcelona a Mora del Ebro y de su pueblo a la capital hasta que su tío Ricard es destinado a Almadén como interventor de una empresa minera y se desplaza allí con la familia. Almadén será una auténtica revelación para Julio Antonio: lo que descubre en el ambiente de mineros, entre los jóvenes de la calle, entre los trabajadores que cada día bajan a las minas, no es literatura sobre el trabajo o sobre la miseria, no son proclamas de reivindicaciones políticas ni consignas ideales de partido, sino simplemente cuerpos humanos, torsos, seres vivos objetos constantes de su visión artística. El hombre será el gran tema del arte de Julio Antonio: el ser humano como tal, con toda su carga de trabajo y de esfuerzo, pero libre y puro, no tocado por connotación de ninguna clase de mensaje social o político.

Volverá unas cuantas veces a Almadén, siempre que necesite paz para el espíritu e inspiración para su obra: de 1908 hay una larguísima serie de dibujos –muchos en sanguina—de niños de Almadén, desnudos o en la calle jugando, cosa que demuestra que estas primeras visiones de gente del pueblo en su ambiente natural le llegaron a impresionar. Los primeros bustos de la Raza son de más tarde –1909-1911—como el Minero, es decir, con el que comenzará su producción más madura.

Traslado a Madrid.

En 1907 Julio Antonio se va a Madrid. Tiene 18 años. Es el gran salto, el acto decisivo de su independencia, la asunción de toda la responsabilidad de su vocación sin excusas ni reservas, sin condicionantes familiares, ni económicos, ni sentimentales.

En muy poco tiempo entra a trabajar en los talleres del escultor Miquel Blay. La moda escultórica madrileña es definida por artistas catalanes. Blay y Querol tienen grandes talleres a través de los cuales canaliza una buena parte de los encargos oficiales, los grandes monumentos, los homenajes públicos, las exposiciones nacionales más allá de las fronteras, etc. Blay ha triunfado en su carrera: es un escultor famoso y de gran prestigio, pero su gran oficio y profesionalidad le han sido de mucha utilidad; el exceso de encargos y la rutina de las tareas oficiales no han conseguido secar aquella inspiración y aquella sensibilidad de las obras más conocidas del escultor de Olot: las manos que esculpieron Los primeros fríos (Medalla de Oro en la Exposición de Bellas Artes de Madrid en 1892), la Flor silvestre, la Eclosión, etc., continúan vivas, no solamente activas: Julio Antonio aprenderá mucho de Blay. Su relación con el olotense no será la del alumno delante de un profesor ya superado, sino la de un ayudante que procura aprender el oficio profundo de su maestro. En el taller de Blay, Julio Antonio puede entrar plenamente en el ambiente de la escultura profesional, disponer de buenos modelos, sobretodo, trabajar muchísimo. Así explica a su tío Ricard: “Mi madre ya os habrá dicho como simpatizamos el señor Miquel y yo, tenemos el mismo carácter y la misma manera de pensar. Lo primero que hice en barro en su estudio le gustó mucho y, delante de todos los que iban a visitarlo, me alababa sin que yo lo escuche…” (Marzo de 1908).

Las relaciones de Blay no solamente fueron amables con su alumno, sino que también lo fueron con su familia. Parece incluso que fue idea de la madre y de su tío que el joven comience a trabajar con Blay, y que ellos mismos prepararon los contactos. La relación continuó después; hubo una cierta relación epistolar y cierta frecuencia en las visitas de la madre al taller de Miquel Blay. Cuando Julio Antonio, pasado un tiempo, dejó de ir tan a menudo al taller de su maestro, su madre, inquieta, se dirigió al maestro, pero éste le contesto: “Señora, vuestro hijo ya no tiene nada más que aprender de mi”.

En una carta a sus padres, Julio Antonio, define exactamente su actitud delante de los escultores de la época: “Cuando llegué a Madrid, lo hice adorando al dios Blay con todo el fanatismo de un ingenuo. Menospreciaba, sin saber qué hacía ni qué decía, la escultura de Benlliure, Querol y Marinas. En el fondo de esta burla de su arte había un poco de falsedad, un poco de pose, porque había cosas de estos escultores que me gustaban y yo decía que eran malas por decirlo, por hacerme más el artista. Cosa de ingenuos. Pero hoy -os lo digo con todo el convencimiento de mi alma- los considero malos, muy malos, todos los escultores. Muy inferiores a mi temperamento, y os digo que los considero todos unos mezquinos constructores de figurillas, es la verdad pura que siento en el fondo de mi ser. Blay es el único al que respeto en lo que respecta al dominio de la materia, en lo referente a dar calidad, pero eso sí, como artista y escultor, os diré que lo considero un poco mejor que las otras calamidades, pero sólo un poco mejor”.

La primera temporada de estancia de Julio Antonio en Madrid, transcurre dedicada completamente a su arte: modela y, sobre todo, dibuja. Dibuja muchísimo, no solamente en el taller de Blay, sino en el “Círculo de Bellas Artes”, donde acudía asiduamente: primero veo a Julio Antonio en el alto campanil de su estudio de la calle Villanueva -cuatro mil escalones- recuerda Ramón Gómez de la Serna. Julio Antonio comienza a hacer amistades e intima con otros dos artistas catalanes, con los cuales convivirá hasta la muerte: Miquel Viladrich y Lluís Bagaria, el que después se hizo tan conocido por los dibujos y caricaturas. La relación con Viladrich fue intensa: Viladrich gritaba contra todo, y sufrió el ser rechazado en las exposiciones y ser colgado en las alturas (Ramón Gómez de la Serna). Para Viladrich, Julio Antonio era su mejor amigo, casi como su hermano.

Viladrich, Valenciano, Nieto y Julio Antonio
Viladrich, Valenciano, Nieto y Julio Antonio (1907).

Podemos imaginarnos el estado de ánimo de Julio Antonio, a sus dieciocho o veinte años, en la mejor forma física, lleno de ilusión juvenil, obsesionado por la creación y con unas ganas incontenibles de vivir, con un carácter impetuoso, apasionado, vehemente. Recordamos cómo lo veían algunos de sus amigos.

“Julio Antonio tenía el cuerpo fornido; la espalda cargada, de gladiador; los brazos duros, potentes, el cuello grande, el corazón ágil. Su cara era un poco bronceada, y sus ojos grandes, negros, intensísimos; los ojos donde reflejaban todo el fuego de su temperamento, el refinamiento de su espíritu y la voluptuosidad de su carne” (Mustieles).

“Era un joven de buena estatura y aspecto saludable, por más que la muerte, que ya lo quería para ella, le oprimía la garganta dulcemente con sus dedos invisibles, y era el único indicio por donde se podía presumir la fatídica enfermedad, una voz opaca, porque su cara, de piel bronceada, denunciaba una salud campesina, como de hombre que trabajaba al aire libre y el cielo abierto. El torso era amplio, rotundo el pecho y ágiles movimientos. Su cabeza era romana, tenía facciones nobles, frente clara, perfil de medalla, con la nariz aguileña, la boca sutil y la barbilla prominente. Se vestía con ropa tirando a la manera típica de Quartier latin, pero con aire español: gran chambergo, entre Rubens y Cordobés; camisa de cuello amplio y flojo, corbata flotante, capa larga y voladiza y zapatos semi bajos con amplias cintas” (Bernardino de Pantorba).

“Su cara era bella, de color oliváceo, la boca grande y sensual, ambiciosa de vida, de nariz aguileña, y las manos fuertes, de creador. Tenía tipo de cortijero andaluz y el moreno de barro cocido, pañuelo rojo al cuello y sombrero amplio” (Victorio Macho).

Julio Antonio explica a sus padres: “Estos días me he levantado a las dos de la tarde porque Colombine y yo salimos por las noches a dar vueltas por los barrios bajos hasta las siete de la mañana; vestida ella de chula, con mantón y pañuelo al cuello, y yo vestido de chulo -como madre ya me ha visto vestido-, recorremos todos los cafés y tabernas y cogemos apuntes. No por eso he dejado de trabajar: una sesión de modelo diaria, ya la he tenido…”.

Reúne todas las condiciones para triunfar en el Madrid de principios de siglo: físicamente bello (“tenía el tipo de un romano”, recuerda Pío Baroja), como nos muestran todas las fotos que tenemos, cosa que le permite conseguir éxitos iniciales entre las mujeres que se añaden a la bohemia madrileña; posee una cierta cultura, ha leído mucho y recita de memoria escritos enteros de Maragall, de Verdaguer y, sobre todo, de Rubén Darío; y es tremendamente sociable, cosa que le permite relacionarse con autores y artistas de importancia: “Soy amigo -escribe a su tío- de casi toda la juventud intelectual: Oroz, Anselmo Miguel, Valle-inclán, Pío y Ricardo Baroja, Alcántara, Solana, Martínez Pérez, Villodas, Juan Francés, Ramírez Ángel, etc.”.

Y no solamente con estos mencionados: hace una gran amistad con Eugenio Noel, se divierte con Ramón Gómez de la Serna, se relaciona con Ramón Pérez de Ayala.

Todos juntos lo ven como un jovencito vitalista, emprendedor, generoso, dispuesto a no dejar nada por ver (“Todos hemos visto alguna vez a Julio Antonio, calzado con zuecos, torear el frío feroz de Madrid con una capa tronada”, escribe Julio Camba), pero lo consideran: la prueba es que hablan y creen y piensan que es un hombre así por ser el genio renovador que la estatuaria española, tan ahogada en el formalismo excesivo, necesita. Si la generación del 98 se pudiera manifestar, no solamente en literatura sino a través de otras artes, es indudable que escogería a Julio Antonio como su representante más genuino.

Parece, efectivamente, que le costó un poco integrarse en el mundo intelectual de la época, al cual aportaba no poca cosa de esta impetuosidad que tanto lo caracterizó. En “La Esfera” del mismo día de su muerte, Silvio Lago recordaba aquellos primeros años: “hace poco más de doce años, Julio Antonio surge en Madrid. Tiene en la sangre y en la cara la sensualidad noble, el ansia pagana y conquistadora que, con un don ancestral de belleza, le otorgó su cuna tarraconense. También trae visiones moras de Córdoba, y en sus pupilas, además, la trágica resignación de la gente que baja cada día a agonizar un poco en las minas. Madrid lo absorbe momentáneamente, le inyecta literaturas, le da aventuras galantes y tertulias de café que desvirtúan si no se dejan a tiempo. Entonces Julio Antonio dibuja. Dibuja frenéticamente, tozudamente, ocho y diez horas diarias delante de la modelo, con una tenacidad aguda e inquisitiva del cuerpo humano… y, de pronto, acompañado de Miquel Viladrich, abandona Madrid y sus círculos y sus mujeres vampiresas para recorrer caminos reales o senderos apartados, pueblos escondidos en la sombra de los siglos o ciudades viejas erizadas de templos”.

El tiempo debía pasar poco a poco para Julio Antonio, bohemio irremediable, aquellos años madrileños. Así lo recuerda Ramón Gómez de la Serna: “Desde aquellos días lejanos, la bohemia de la vida de Julio Antonio siguió su rombo apasionado y lánguido. Era el moro que no encontraba su Alcácer; eso lo minaba y lo desilusionaba… a ratos se ocultaba, se escondía en su diván y acompañaba con la guitarra los largos suspiros de su corazón. Silencioso, perdido viajero, evocaba con la guitarra el paso lento, igual, pesado…”. De conversaciones de tertulia y de largas divagaciones de su propia imaginación Julio Antonio iba perfilando ya la realización de una larga serie de bustos que recogerían el amplio espectro humano de toda la Península. Entonces, tenía buena relación con cierto mundo de gitanos y de entonces datan numerosos retratos de pastel de gitanas y el bronce de María, la querida que fue del Pernales, retrato de una vieja, el rostro de la cual muestra una bella serenidad entre clásica y oriental, jugando literariamente con el título muy al estilo de Rodin de Celle qui fut la belle Heaulmière. El ambiente del taller era así: “por aquellos días una gitanería habladora y pintoresca invadía el estudio. Julio Antonio hacía el busto de una bella gitana, y dibujaba, con trazos más negros las viejas de la parentela, mientras Viladrich hacía nacer el cabello negro en sus retratos de gitana… Julio Antonio parecía un gitano entre gitanos”, cosa que no impedía que Gómez de la Serna recuerde “La bandera de Cataluña colgada en la pared de aquel estudio”.

A final de 1908, Julio Antonio vuelve esporádicamente a Tarragona para hacer una exposición en el Salón de Lectura del Ateneo Tarraconense para la Clase Obrera. La exposición es sobre todo de dibujos -carbón y sanguina- y, que nosotros sepamos, es la única que hizo el escultor. De esculturas, solo había un busto de un niño y un relieve (Aprendiz de artista). Julio Antonio nunca fue muy amigo de las exposiciones, como no lo era de halagar ningún tipo de público ni de preocuparse de hacer una obra para recibir elogios. Confesará a un amigo: “No quiero ir a las exposiciones para llevar cositas muy pulidas, de fragilidad, sin fuego, secas, áridas, sin nada que les salve de un naufragio inmediato. Si mi camino tuviera que ser éste, no habría comenzado el trabajo”. Sabemos, efectivamente, que más tarde en 1917, fue designado para ser jurado de una “Exposición Nacional”, sin haber ganado anteriormente ninguna medalla, y renunció al acto.

Esta exposición, que fue muy aplaudida por la crítica local, coincide con su primer viaje, en compañía de Viladrich, por tierras españolas. Vitoria, Burgos, Zaragoza, Pamplona, Ávila, en una de las varias veces que tenía que recorrer, a pie o en carro, las tierras castellanas, empujado por esta ansia que siempre tuvo de vivir e integrase con la gente de toda España, con su tierra, con sus paisajes y con los pueblos, y también con su arte. (Escribe a la madre, recordando el viaje: “Ha habido momentos en que he llorado de emoción, como en Pamplona, cuando tocaba en el órgano admirando aquellos arcos góticos de un arte tan sublime…”).

En verano de 1909, y gracias a la ayuda del estudio de mil pesetas que le concedía la Diputación de Tarragona, posiblemente a raíz de la exposición del año anterior, Julio Antonio viaja tres meses a Italia, acompañado también esta vez por su madre. Será el único viaje al extranjero. Visita Roma, Nápoles y Florencia. Como tantos escultores de la época, los museos italianos le entusiasman. Julio Antonio se siente desarmado, sobre todo delante de la poderosa sensibilidad de Donatello, auténtico protagonista de su viaje a Florencia y delante del cual siempre reconoció, explícitamente, su deuda artística.

De vuelta, pasará por París y conoce la obra de Rodin o Bourdelle, y suponemos que visitó el Louvre y entró en contacto con los griegos. La Victoria de Samotracia le debía impresionar, ya que después la colocará en la mano de la mujer que representa a España en el monumento a Chapí, en reconocimiento a nuestro origen mediterráneo común.

Parece que hay unanimidad sobre el hecho que Julio Antonio no volvió nunca más a París. Pero, paradójicamente, Josep María de Sucre habla de un viaje a la capital francesa del escultor con Viladrich. Julio Antonio iba vestido de pagès de camp de Tarragona y Viladrich de torero. En París llamaron tanto la atención que hasta los diarios hablaron de eso. La anécdota no ha podido ser confirmada.

Los bustos de la Raza

Minera de Puertollano (Almadén, 1909)
Minera de Puertollano (Almadén, 1909). Fotos realizadas en los almacenes municipales de Tarragona en 1970.

Parece como si el principio de la época más prolífica del escultor datase ya del momento de su regreso de Italia: se encierra unos meses en Almadén, lejos del Madrid que le distrae, y trabaja intensamente. Así salen, una detrás de otra, las primeras piezas que él mismo irá englobando dentro de la serie bustos de la Raza: Minera de Puerto Llano y Mujer de Castilla, en los ojos vacíos de la cual el escultor quería colocarle esmeraldas; El Ventero de Peñalsordo, El Hombre de la Mancha y el Minero de Almadén.

Los bustos de la Raza serán la obra más original y valiosa de Julio Antonio: pretendía llegar a crear una inmensa galería donde estuvieran representados personajes del pueblo, tipos, caracteres, y rasgos de todas las tierras peninsulares, en una concepción tremendamente alejada del centralismo madrileño imperante: Julio Antonio comenzó recorriendo Castilla a causa de su proximidad geográfica, pero manifestó expresamente el deseo de continuar trabajando por otras partes, desde Andalucía a Galicia.

El ventero de Peñalsordo (Almadén, 1910)
El ventero de Peñalsordo (Almadén, 1910). Fotos realizadas en los almacenes municipales de Tarragona en 1970.

Los bustos de la Raza son rostros retratados de las mismas tierras donde habían nacido, como si el paisaje viviera en ellos y se convirtiera en carne y piel, en suprema fusión del hombre y su tierra. Los rasgos de estos bustos son muy diferentes los unos de los otros, pero todos tienen, como antecedente, el interés del autor por crear figuras no solo realistas, sino profundamente humanas, casi retratos psicológicos (incluso notamos las diferencias de texturas, basadas en diferencias psicológicas entre el Novicio y el Cabrero de las tierras de Zamora o El Ventero de Peñalsordo); es como querer plasmar el alma, el carácter, incluso, casi la ascendencia y el pasado presente en cada rasgo, cada arruga, cada gesto. Y todo eso tratado con una serenidad que es una mezcla extraña de nobleza mediterránea, clásica, con la naturalidad del pueblo más castizo.

Esta gravedad serena da a los personajes del pueblo sencillo la grandeza del arquetipo. Hay campesinos eternos, que tanto pueden tener el tipo de un romano como los rasgos de un castellano; son bustos, en resumen, que surgen del cincel del artista, vivos, palpitantes, que “tienen eso que hoy nadie sabe dar: el latido” (Ramón Galla).

Parece ser como si “de cada uno de estos pueblos se llevara un montón de esculturas indígenas, que parecía haber desenterrado haciendo profundas excavaciones… como si de la mina de la raza sacara sus esculturas…” (Gómez de la Serna).

El poeta Lasso de Vega (Madrid, 1908-1910)..png
El poeta Lasso de la Vega (Madrid, 1908-1910). Foto realizada en los almacenes municipales de Tarragona en 1970.

En Madrid acaba el retrato del poeta Lasso de la Vega, una de las piezas más finas de su serie de bustos. En Almadén hace el retrato de los niños Darío y Piedad, el de Rosa María y su autorretrato en relieve. También en esta ciudad acaba el esbozo de la figura en bronce del torero Lagartijo, inicialmente concebido como un monumento (del cual hace esbozos y dibujos) que debía levantarse en Córdoba, aunque este proyecto nunca se convirtió en realidad por falta de interés de la misma ciudad. Y a pesar incluso de los intentos del grupo de seguidores de Julio Antonio de organizar una corrida de toros en Valencia para recaudar fondos y pagar el monumento.

La vida de Julio Antonio en Madrid no es prácticamente nunca solitaria. Es común encontrarlo siempre rodeado de amigos, sobre todo en muchos estudios donde trabajó. Al principio, había compartido el taller con dos de sus amigos íntimos, Viladrich y Bagaria. Pero la cantidad de amistades le fueron abriendo otras puertas. La relación de Julio Antonio con sus compañeros siempre fue un tanto peculiar, él tenía excesivo protagonismo. A veces se dejaban intuir peleas y situaciones confusas como la de Eugenio Noel, cuando recuerda aquellos años: “Lamento que siempre, cuando escribo sobre Julio Antonio, los detractores no se acuerden que fuimos pocos los que en horas amargas -en esas horas de creación y de angustia que precedían todo triunfo profundo- dialogamos con él sobre sus orientaciones: Viladrich… Bagaria… los otros amigos lo desplazaban hacia la vida levital que le robaba el genio a través de su sangre; únicamente yo sabía ciertamente quién era Julio y lo que quería… Julio, lo mataron sus amigas, hundiéndolo en una perversión salvaje; yo le avisaba, con el deseo que construyera, como Mestrowitc, un templo laico a esta raza nuestra”.

Maqueta del monumento a El Lagartijo (Almadén, 1911).png
Maqueta del monumento a El Lagartijo (Almadén, 1911) Foto realizada en los almacenes municipales de Tarragona en 1970.

De esta alegre bohemia, Marañón recuerda una divertida historia: “Julio Antonio vivía en una caseta de madera; entonces, yo siempre le hacía una visita y si pasaba cerca me acercaba a verle. Vivía con Bagaria, que estaba casado, y eran cinco de familia. Han sido verdaderamente los últimos grandes bohemios que ha habido en España. Una noche de Navidad, un enfermo me regaló un pavo y, pensando que posiblemente no tuvieran nada que cenar, se lo llevé. Al cabo de unos días, fui a visitarlos para ver cómo habían pasado las fiestas y me encontré el pavo todavía vivo. Y es que le habían cogido cariño al animal, que era realmente bonito, y entre Bagaria y Julio Antonio lo enseñaban. Yo vi cómo Julio Antonio le toreaba”.

Julio Antonio trabajaba, y mucho. Margarita Nelken, que según parece estaba enamorada de él, escribe: “Pocos artistas se deben haber dado a tal fanatismo y tal integridad a su arte. El arte se lo comía, como un nuevo Moloch”. Más adelante, el escultor llegará a disponer de tres estudios en Madrid: el de la Cuesta de las Descargas, otro al lado de casa de sus amigos los hermanos Julián y Castor Cañedo, de los cuales hará retratos, y finalmente, el más íntimo, el que comparte con sus amigos más fieles, Julián Lozano, el escultor Enrique Lorenzo Salazar, que acabó los principales monumentos que Julio Antonio dejó sin colocar, y el también escultor Santiago Costa, autor del monumento que le dedicó a su villa natal, Mora del Ebro.

El hombre de la Mancha (Almadén, 1910).png
El hombre de la Mancha (Almadén, 1910). Foto realizada en los almacenes municipales de Tarragona en 1970.

Esa extraña fiebre de vivir y trabajar que lo domina, que le obliga a trabajar sin descanso, lo impulsa también a viajar: su obra está permanentemente ligada a constantes excursiones fuera de Madrid, por todas las tierras peninsulares, y de todo eso y de la variedad de emplazamientos de sus monumentos, nos hablan no pocos testimonios. Pío Baroja recuerda las aventuras que sucedieron cuando Julio le quiso ayudar en su campaña electoral en Fraga. La excursión electoral a Fraga fue promovida por Viladrich, y los recuerdos que fielmente relata Baroja, constituyen un autentico sainete por la ridiculez de la situación; del escultor  sólo se recuerda que “ era un hombre de fortuna; en la vida todo le había salido bien, y abusaba de su suerte y de sus condiciones… Julio Antonio tuvo mucho éxito con las chicas de las fondas donde comimos, así como Bagaria no tenía nada de suerte”, y que los dos conversaban con las chicas en catalán.

 

Escultor monumentalista… continuará.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s