Generación@ y las pantallas como las nuevas ventanas al mundo.

Generación@, pintura de Cortés Antequera en la colección permanente del MEAM.

Las pantallas son nuestras ventanas a través de las cuales nos comunicamos e interaccionamos con otros, nos permiten mantener el contacto con los demás; son apertura y metáfora de nuestras soledades y reclusión. La ventana designa la unión de una mente con otra. Es la arteria a través de la cual fluye el intercambio, el vaso comunicante entre dos seres que se reconocen el uno en el otro

Vivimos en una sociedad tecnológica, en una nueva era de comunicación instantánea. Paradójicamente, la creciente sensación de comunidad que está apareciendo por la forzosa parada de actividades cotidianas está permitiendo levantar la alfombra del mouse y descubrir lo que hay debajo, poniendo el foco sobre un problema hasta ahora ignorado: la soledad en la sociedad de ermitaños tecnológicos.

Embarcamos un tiempo y un espacio en donde aquellos, que habitualmente se sienten solos, se encuentran más confortados porque sienten que, por fin, todos reconocemos que estamos en la misma barca; ventana y pantalla en común en las que todos nos vemos como en un espejo.

El hecho de que estamos unidos en una misma contienda—salvar la vida humana—a pesar de encontrarnos solos en nuestras casas, es extraordinario. Nos permite sentir que todas las soledades se unen. Las pantallas intensifican una mayor conciencia de la unidad dentro de la sociedad por medio de la comunicación. Pone en evidencia que verse, encontrarse con otros, o hablar no es comunicarse, porque para la comunicación auténtica es necesario antes haberse encontrado/conocido/reconocido a uno mismo.

Para poder entregar y compartir aquello que es propio, personal, e individual, tiene que haber un intercambio; yo comparto algo de mí y tú compartes algo de ti. La palabra “individuo” significa que no es divisible, que no se puede dividir ni separar. Significa, por lo tanto, que lo que afecta a uno, afecta a otros. La soledad—estar solo—representa la incapacidad de sentir que uno pertenece a la sociedad. Éste es el estado más solitario de una sociedad, cuando hay una separación casi completa por su incapacidad de reconocerse a sí misma en el espejo que es el otro, ya sea entre personas o países. La sociedad de la ceguera, aún incapaz de reconocer que Yo soy Tú.

Se trata de una tarea propia de la sociedad de la tecnología y de la comunicación, que insta a conectarse primero con uno mismo para conectarse después con los demás. El camino es de lo personal a lo colectivo, para llegar a comprender que las realidades colectivas nos muestran el sentido del camino a la inversa, que lo que le ocurre al otro me ocurre también a mí, que la solidaridad con el otro, revierte en mí.

No es lo mismo sentirse solo que disfrutar de un aislamiento voluntario. La toma de conciencia de esta distancia obligatoria durante el tiempo que sea necesario, podría ser la ocasión para empezar a entender lo que es, para muchos, vivir cada día asomado a una pantalla de un modo crónico.

La paradoja es que nos alejamos de los demás por sentir que empezamos a dejar de ser nosotros mismos para comenzar a ser lo que otros quieren que seamos. Y nos juntamos con los otros por angustia de estar solos para terminar siendo los otros y no nosotros mismos. Un aislamiento intrapersonal de autoexclusión por el hecho de acabar amoldándonos a lo que se dice que se debe ser en vez de ser aquello que sabemos que debemos ser. Estemos donde estemos, acompañados o solos, ningún aislamiento nos libera de nosotros mismos, pues nos llevamos con nosotros.

El contexto ciberespacial se muestra como un espacio donde es posible dejar atrás el cuerpo físico y relacionarnos con los otros virtualmente. Ya no importan las distancias. La famosa frase “En el ciberespacio, nadie sabe si eres un perro” expresa la dimensión en donde el cuerpo ya no es importante para el encuentro. Una sociedad de redes sociales que propicia el encuentro interpersonal con otros, evidencia la realidad de la pandemia de la soledad, individual y colectiva, vivamos o no acompañados del cuerpo físico de otro.

La sociedad de la pantalla es la sociedad del hipocuerpo. Nos hemos descorporeizado, no necesitamos el cuerpo ni acercamiento físico para establecer contactos virtuales con otros. La pantalla nos posibilita encontrar protección en las relaciones virtuales a distancia. Por tanto, es paradójico que ahora sea un virus real, no virtual, el cual amenaza y contagia al cuerpo físico, y que impide que nos acerquemos físicamente unos a otros.

En un mundo atravesado por la ausencia de fronteras virtuales capaces de llegar a cualquier lugar sin límites, se cierran las fronteras entre países a escala mundial. En esta sociedad de la comunicación nos encontramos con la realidad real de tantísimas personas que tienen que dar el último adiós a sus seres queridos a través de una pantalla por la imposibilidad de acercarse a ellos. El vehículo de auténtica y real comunicación—el tocar, la caricia, tomarse las manos, acompañar en persona, a través del cual nos amamos—ya no está a nuestro alcance cuando seres queridos nos dejan y ausentan su cuerpo físico.

Lanzamos opiniones en las redes, protegidos por el anonimato de un perfil en la pantalla. Resulta curioso que sea un perfil y no un frontal lo que define la identidad con la que creemos identificarnos, como si esa primera presentación de nosotros mismos nos indujera a ocultar o velar la identidad total o real, lo cual es lo único coherente entodo esto porque efectivamente, aún no sabemos quiénes somos. Es curioso que ahora esta realidad sanitaria nos imponga la necesidad de tener que usar mascarillas que ocultan parte de nuestro rostro, unas diseñadas de fuera hacia dentro para proteger a quien las lleva frente a la inhalación de contaminantes ambientales, y otras de dentro hacia fuera como protección de los de afuera.

¿Será que el lenguaje del siglo XXI nos habla a través de los metadatos, para que podamos comprender sus paradojas, contradicciones e ironías de la actualidad real? ¿Podría ser que esto significa que, más allá de los datos, más allá de la forma física, más allá de lo visible, se encuentra la verdadera comunicación y la verdadera identidad? ¿Y será que la situación actual es un termómetro que nos muestra que no hay nada nuevo ahora, que no había ya antes en nuestras vidas en la sociedad de la tecnología? Quien dirá si vivimos en una sociedad de la pantalla que separa, o si tal vez estamos antes la sociedad que a través de la pantalla nos muestra lo que oculta.

Texto: Cortés Antequera.


Esta obra forma parte de la exposición online

Confinados, el arte figurativo durante la cuarentena’.

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Visita la exposición online ‘Confinados, el arte figurativo durante la cuarentena‘.
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Inspírate en una de las obras de la exposición online y envíanos tu relato a promocio@meam.es
El museo en casa.
Una iniciativa de #elMuseoenCasa, un programa de contenidos del MEAM a través de nuestras redes sociales para mantener la conexión con el público durante el tiempo que el museo permanecerá cerrado.

 


 

 

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